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El párkinson o enfermedad de Parkison es un trastorno neurológico progresivo y degenerativo que, según la Sociedad Española de Neurología (SEN), afecta en España a alrededor de 160.000 personas. Su incidencia aumenta con la edad y, de acuerdo con esta entidad, el 2% de la población de más de 65 años y el 4% de más de 80 años padecen este trastorno. 

Por tanto, y sobre todo si afecta a nuestro familiar, es conveniente que conozcamos los entresijos de esta enfermedad, que, en función de la etapa en que se encuentre, puede llegar a dificultar en gran medida la vida diaria.

Aunque no se conoce exactamente la causa, sí se sabe que el párkinson daña las áreas del sistema nervioso encargadas de la actividad, los movimientos o el tono muscular del cuerpo. Como consecuencia, el cuerpo no es capaz de llevar a cabo estas funciones y aparecen síntomas tan característicos como los temblores, la rigidez de los músculos y la lentitud de movimientos.


“Inicialmente, podemos reconocer esta enfermedad por algunos síntomas motores como temblores en alguna extremidad mientras se está en reposo”.



Al principio, podemos reconocer esta enfermedad por síntomas motores como temblores en alguna extremidad mientras se está en reposo, lentitud de movimientos -bradicinesia-, rigidez en las extremidades y el tronco, y equilibrio precario e inestabilidad en la postura. Asimismo, pueden surgir síntomas no motores como estreñimiento, alteraciones cognitivas y sensoriales como la disminución del sentido del olfato –anosmia– u hormigueos, depresión y ansiedad y trastornos del sueño. 

Como no necesariamente han de aparecer todos los signos y síntomas iniciales a la vez, debemos permanecer alerta y, si observáramos uno o varios de ellos en la persona que cuidamos, consultar al médico. 



Como decíamos al principio, el párkinson es una enfermedad progresiva y degenerativa, que avanza conforme discurre el tiempo. 

  • Inicialmente, existe afectación unilateral; es decir, pueden aparecer síntomas en un solo lado del cuerpo, pero el paciente conserva su expresión facial y una postura recta.
  • Después, se percibe ya afectación en los dos lados del cuerpo -afectación bilateral- y postura algo encorvada, aunque el equilibrio continúa siendo normal. Comienza a manifestarse la bradicinesia o lentitud de movimientos, lo que merma la capacidad para llevar a cabo actividades cotidianas.
  • Más adelante, los síntomas se agravan: existe alteración del equilibrio, dificultad para caminar y mayor grado de dependencia. Igualmente, la persona afectada empieza a tener problemas para comunicarse. 
  • Cuando la enfermedad está muy avanzada, los síntomas pasan a ser severos y la persona puede necesitar silla de ruedas o permanecer en cama.


Es frecuente que las personas con párkinson desarrollen algún tipo de deterioro cognitivo, cuya prevalencia aumenta con los años de evolución de la enfermedad. Se manifiesta inicialmente con despistes de memoria, menor atención al entorno, desorganización en la toma de decisiones y aislamiento social.

La psicosis también es un trastorno relativamente frecuente en el párkinson que se puede presentar en alrededor del 60% de los pacientes en algún punto del curso de la enfermedad y que se manifiesta principalmente en forma de alucinaciones o delirios. Las alucinaciones son comúnmente visuales y se traducen en que la persona ve imágenes bien formadas (personas o animales) que realmente no existen. Los delirios son creencias falsas que se mantienen a pesar de que haya evidencia clara de no ser ciertas, como, por ejemplo, creer en una supuesta infidelidad de la pareja, en abandono, en persecución, o creer que le quieren hacer daño. Ante la aparición de estos síntomas, es importante consultar a su médico, que identificará el origen y ajustará la medicación, si fuera necesario y pudiera ayudar a controlar estos síntomas.



El desconocimiento de las causas o mecanismos que desencadenan el párkinson hace que, por desgracia, hoy en día no exista cura. Por este motivo, el tratamiento va orientado a ralentizar su avance y a que la persona que padece el trastorno disfrute durante más tiempo de una buena calidad de vida.

Para lograrlo, existen tres tipos de tratamiento, que pueden o no combinarse entre sí. En primer lugar, el uso de ciertos fármacos que el médico valorará y prescribirá, y que suelen ir modificándose según va evolucionando la enfermedad. En algunos pacientes, especialmente si no toleran o responden al tratamiento farmacológico, su médico puede recomendar una cirugía de estimulación cerebral profunda.

En tercer lugar, y de forma simultánea, puede recurrirse también a un tratamiento rehabilitador, cuyo objetivo es lograr que la persona con párkinson disfrute de la mayor autonomía e independencia posible. Este tipo de terapia puede conjugar disciplinas como la fisioterapia, la logopedia, nutrición, la terapia ocupacional, el apoyo psicológico y el trabajo social.


  • Ejercicio y fisioterapia. Se recomienda que todos los pacientes realicen ejercicio regular, con el objetivo de alcanzar al menos 150 minutos por semana de ejercicio aeróbico de intensidad moderada. El tipo de ejercicio puede adaptarse, porque lo realmente importante es la constancia. Por eso, conviene elegir actividades que resulten interesantes y agradables a cada persona, a fin de que mantenga su práctica a largo plazo.
  • Logopedia. La disartria o dificultad para hablar y la hipofonía (disminución notable en la intensidad, volumen o fuerza de la voz) son manifestaciones frecuentes de esta enfermedad. La logopedia (ejercicios para la voz y el habla) puede ser útil para mejorar el volumen del habla y mantener la calidad de la voz. 
  • Promover la participación social. El aislamiento social se asocia con mayor gravedad motora y no motora y con peor calidad de vida. Por ello, animar a nuestro familiar a seguir interactuando con amistades y familiares puede resultar muy beneficioso. Igualmente, los ejercicios de estimulación cognitiva pueden prevenir o retrasar el deterioro que en muchos casos se asocia a esta enfermedad.
  • Nutrición. Las personas con párkinson presentan riesgo de malnutrición y sus consecuencias (por ejemplo, pérdida de peso, pérdida ósea y disminución de la masa muscular). Para evitarlo, es recomendable seguir una dieta rica en fibra, mantener una hidratación adecuada y realizar ejercicio regular. Estos hábitos también contribuyen a reducir el estreñimiento y mitigar el retraso en el vaciamiento gástrico, ambos frecuentes y que interfieren en la absorción de los medicamentos y el apetito. La disfagia orofaríngea o dificultad para tragar que se da en estos pacientes, especialmente en fases avanzadas, también puede afectar la nutrición y aumentar el riesgo de aspiración y atragantamiento, por lo que será un aspecto que convendrá tener en cuenta.


En general, el párkinson evoluciona con lentitud. De hecho, pueden transcurrir años hasta la aparición de nuevos síntomas desde una fase a otra. Al principio, es posible que nuestro familiar apenas perciba la enfermedad, ya que, tras el diagnóstico, la medicación suele ayudar a controlar los síntomas.

Será más adelante cuando vayan apareciendo o aumentando los síntomas y, por tanto, cuando la persona a nuestro cargo tomará mayor conciencia de su enfermedad y requerirá mayor ayuda. Este suele ser el momento en que es necesario ir aceptándola, gestionar emocionalmente el proceso y empezar a tomar distintas medidas de apoyo y rehabilitación.


Fuentes:

  • Sociedad Española de Neurología (SEN). Nota de prensa. “La enfermedad de Parkinson es la enfermedad neurológica que más aumenta en prevalencia, mortalidad y discapacidad en el mundo”. 
  • Laboratorios Cinfa. Cinfasalud. “Párkinson”. Autora: Asociación Navarra de Parkinson (ANAPAR):
  • Federación Española de Párkinson.
  • Asociación Párkinson Aragón.
  • Clínica Universidad de Navarra.

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