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¿Cómo gestionar el sentimiento de culpabilidad? Romper el mito del cuidador perfecto. En la imagen, vemos a una mujer que abraza a un hombre mayor, probablemente, su padre. Mientras él muestra un gesto ausente, ella tiene una expresión de profunda tristeza; parece que acabe de llorar.

Autora:  Dra. Rebeca Cáceres,

psicóloga sanitaria y psicoterapeuta 


La culpa es una emoción muy habitual en las personas cuidadoras y es normal que genere malestar. Suele aparecer en algún momento cuando sienten que no hacen lo suficiente, cuando desean que el sufrimiento termine cuanto antes o cuando no pueden cumplir con deseos que siempre había tenido la persona a la que cuidan. Es habitual, además, que quienes cuidan también puedan sentirse culpables por no dedicar tiempo suficiente a otros miembros de la familia (ej. pareja, hijos) o incluso por hacer alguna actividad de ocio (ej. salir a cenar a un restaurante).

A veces, la sensación de culpabilidad aparece por un hecho puntual, pero en muchos casos se instala y comienza a formar parte del día a día. Cuando quienes cuidan sienten culpa de manera continuada, suelen machacarse con pensamientos repetitivos como “no estoy haciendo lo suficiente”, “no debería disfrutar mientras ella está mal” o “me siento egoísta por pensar en mí”. Si este tipo de pensamientos se repiten con frecuencia y se toman como una verdad absoluta, terminan agotando emocionalmente a quien cuida. Por eso, identificar este tipo de diálogo interno y no alimentar el bucle es clave para el bienestar de la persona cuidadora.

• Normalizar lo que se siente: Reconocer que se está sintiendo culpa y nombrarla como tal es el primer paso para ayudar a aliviarla. Cuando aparece, conviene observar en qué parte del cuerpo se experimenta y cómo se manifiesta la sensación. 

Identificar los pensamientos que alimentan la culpa: Detectar creencias como “no estoy haciendo lo suficiente” o “soy egoísta por pensar en mí” permite coger distancia y dejar de tomarlas como verdades absolutas. Se trata de aprender a escuchar estos pensamientos sin dejar que definan lo que una es.

Romper el ciclo de autorreproche: Cuando un pensamiento comienza a machacar, cambiar el foco es esencial. Salir a caminar, hablar con alguien o simplemente respirar puede interrumpir el bucle. No se trata de evitar lo que se siente, sino de no quedar atrapada en ello.

Cuidarse como parte del cuidado: Incluir tiempo para una misma no debería vivirse como egoísmo, sino como una parte esencial del acto de cuidar. Descansar, disfrutar o desconectar no son lujos, sino necesidades legítimas que permiten sostener mejor el acompañamiento a otros.

Recordar que se hace lo mejor posible: Repetirse que se está haciendo lo mejor que se puede con los recursos disponibles ayuda a reducir la exigencia interna. Si hay algo que cambiar, si es posible, se cambia. Y si se necesita ayuda, pedirla. El cuidado también implica humildad y honestidad.

Practicar la compasión hacia una misma: Muchas veces quien más comprende, más escucha y más apoya a los demás no lo hace consigo misma. Darse el mismo trato comprensivo y amoroso que se ofrece a los demás es una forma de justicia interna. Comprenderse, acompañarse y quererse también es parte del proceso.

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