
Comprender el estrés y ansiedad en la persona cuidadora
Autora: Dra. Rebeca Cáceres
psicóloga clínica y psicoterapeuta
¿Qué es el estrés?
El estrés es una respuesta natural y necesaria de nuestro organismo ante una demanda, un desafío o una situación que requiere adaptación. No es, en sí mismo, algo negativo. De hecho, existe lo que llamamos estrés, que es el estrés positivo: esa activación saludable que nos impulsa, nos enfoca y nos ayuda a rendir mejor. Gracias al estrés podemos afrontar un examen, tomar una decisión importante o reaccionar con rapidez ante una situación que lo requiere.
Sin embargo, el estrés deja de ser adaptativo cuando la activación no es puntual, sino constante. Cuando la demanda se prolonga en el tiempo, es imprevisible o emocionalmente intensa, y sentimos que nuestros recursos —físicos, emocionales o sociales— no son suficientes para afrontarla, el estrés pasa de ser impulso a convertirse en desgaste. En este caso hablamos de distrés, es decir, el estrés negativo.
En esta situación, el organismo permanece en un estado de alerta prolongado que termina afectando al sueño, al estado de ánimo, a la concentración, al sistema inmunológico y a nuestras relaciones. No solo impacta en cómo funciona el cuerpo, sino en cómo vivimos.
Porque cuando el estrés se cronifica, no solo estamos cansados: vivimos con un cuerpo en alerta constante, como si siempre hubiera algo urgente que resolver. Y esa activación mantenida acaba influyendo en nuestra manera de sentir, de pensar, de relacionarnos y, en definitiva, de estar en el mundo.
¿Por qué aparece el estrés en las personas cuidadoras?
Cuidar implica estar disponibles de manera casi permanente. No se trata solo de realizar tareas concretas, sino de sostener una responsabilidad emocional continua.
Muchas personas cuidadoras tienen que compatibilizar el cuidado con su trabajo, su familia, su vida personal y, en muchos casos, con su propio envejecimiento o sus propias limitaciones de salud. Esta superposición de roles puede generar una sensación de sobrecarga sostenida.
Además, el cuidado suele implicar:
- Adaptarse a cambios progresivos en la enfermedad.
- Afrontar pérdidas simbólicas (la persona ya no es como antes).
- Gestionar decisiones difíciles.
- Sostener emociones intensas como tristeza, culpa, frustración o ambivalencia.
El nivel de estrés dependerá también de:
- Si la persona siente que ha elegido cuidar o que no tenía alternativa.
- El grado de apoyo recibido por parte del entorno.
- La calidad del vínculo previo con la persona cuidada.
- Las estrategias personales de afrontamiento.
- La posibilidad (o no) de mantener espacios propios más allá del rol de personas cuidadora.
Cuando el estrés es elevado, continuado y no se interviene, puede aparecer lo que se conoce como síndrome del cuidador quemado: agotamiento físico, desgaste emocional, aislamiento social y sensación de desbordamiento.Por eso es fundamental no normalizar el malestar como “parte inevitable del cuidado”. Cuidar no debería significar dejar de cuidarse. De ahí que sea importante aprender a identificarlo y aplicar técnicas o herramientas que nos ayuden a gestionarlo adecuadamente.
¿Qué es la ansiedad?
La ansiedad es una respuesta adaptativa del organismo. Su función es prepararnos para afrontar una posible amenaza. La amenaza suele ser psicológica: una evaluación, una conversación difícil, la presión por rendir, la sensación de no llegar a todo. Esta activación es útil cuando nos ayuda a reaccionar, a concentrarnos y a anticipar riesgos reales porque nos hace centrarnos y buscar soluciones.
Sin embargo, la ansiedad comienza a convertirse en un problema cuando se mantiene en el tiempo o cuando se dispara ante estímulos que no suponen un peligro real. La mente anticipa escenarios futuros y el cuerpo responde como si estuvieran ocurriendo ahora. Y cuando esa anticipación es constante, el sistema de alerta no se apaga.
Cuando la ansiedad es mantenida en el tiempo, suelen aparecer síntomas frecuentes como:
- Dificultad para conciliar o mantener el sueño.
- Irritabilidad.
- Problemas de concentración.
- Sensación de inquietud interna persistente.
- Cansancio físico acompañado de activación mental.
Es importante escuchar a la ansiedad y entender que el mensaje del síntoma es que el sistema nervioso está sobrecargado o percibe exceso de demanda.
Intentar eliminarla a la fuerza suele aumentar la activación. Lo más eficaz es tener estrategias de regulación emocional para saber autorregularnos.
¿Qué se puede hacer para aliviar el estrés y evitar la ansiedad?
Muchas personas cuidadoras normalizan el agotamiento, el insomnio o la irritabilidad como algo propio del cuidado. El primer paso es reconocer lo que está ocurriendo sin minimizarlo escuchando las señales del cuerpo y poner en práctica herramientas que nos ayuden a sentirnos un poco mejor cada día, tal y como se explica en el tema “¿Cómo manejar el estrés y la ansiedad en el cuidado?”.
