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Tejiendo vínculos y autonomía en la vejez.
En la imagen, una mujer mayor y una niña están sentadas en una cama, compartiendo un momento de tejido. La mujer sostiene la pieza mientras la niña colabora con atención. La escena transmite respeto, conexión intergeneracional y acompañamiento sin infantilización. Fomentar este tipo de relaciones fortalece la autoestima de la persona cuidada y promueve su participación activa en actividades significativas.

Autora: Dra. Rebeca Cáceres Alfonso

psicóloga sanitaria y psicoterapeuta


Cuando se cuida de alguien que necesita ayuda, es normal querer protegerle, hacerle las cosas más fáciles y estar pendiente de todo. Sin embargo, a veces, sin querer, se empieza a tratar a esa persona como si fuera un niño o una niña. A esto se le llama infantilizar.

Algunas formas de infantilizar son por ejemplo, hablarle con diminutivos -«vamos a ponernos la ropita»-, usar un tono de voz o expresiones dirigidas habitualmente a menores -«¡qué bien, campeón!»-, decidir por esa persona sin preguntarle, aunque todavía pueda elegir, o mantenerle al margen de conversaciones o de decisiones importantes sobre su propia vida.

Muchas veces, esto se hace con buena intención, desde el cariño y afecto que tenemos a esa persona. Sin embargo, puede hacer que la persona cuidada pueda llegar a sentir que “no sirve para nada” o que sus opiniones ya no importan. Si esta manera de tratarle se mantiene en el tiempo, la persona puede ver afectada negativamente su autoestima y su estado de ánimo. Y esto no beneficia ni a la persona cuidada, ni a la persona cuidadora.

Cuidar sin infantilizar es respetar, escuchar, confiar en lo que la persona todavía puede hacer, aunque necesite apoyo en otras cosas, es seguir viendo a esa persona como un adulto, con su historia y su forma de ser, aunque ahora necesite ayuda para algunas cosas.

«Cuidar sin infantilizar implica respetar, escuchar y fomentar la participación activa de nuestro familiar mayor».


Una persona que se siente con poca valía, que percibe que «ya no vale para nada» y tiene un bajo estado de ánimo, suele dejar de intentar hacer cosas, aunque pueda, porque siente que no merece la pena. Por eso, podría dejar de poner interés en hacer cosas por sí misma como vestirse o expresar lo que quiere. Y esto hace que la persona se vuelva más dependiente y, por ende, el cuidado, más exigente.

Por eso, cuidar sin infantilizar también es una forma de no sobrecargar más de lo necesario a quien cuida. Cuando la persona cuidada se siente valorada siendo quien es y útil en lo que aún puede hacer, su ánimo puede mejorar, y todo ello puede hacer que el cuidado pese menos.


  • Hablar con respeto y claridad. Es importante evitar los tonos infantiles y las expresiones que no corresponden al trato entre adultos. El lenguaje puede adaptarse según el nivel de comprensión que tenga la persona por su situación, pero sin perder de vista que sigue siendo una persona adulta.
  • Fomentar su autonomía y participación. Apoyarla para que haga todo lo que todavía pueda. Aunque requiera más tiempo o ayuda, cada gesto de autonomía fortalece su autoestima y su sentido de valía y la beneficia a ella y a la persona que le cuida.
  • Incluirle en las decisiones. Consultar su opinión y respetar sus preferencias, siempre que no contradigan las indicaciones médicas o las posibilidades reales. Elegir qué ropa ponerse, qué quiere comer o a qué hora quiere acostarse también forma parte de sentirse tenido en cuenta.
  • Respetar su espacio y su voz. No hablar por la persona mayor si puede expresarse y respetar sus espacios.

Cuidar no es hacerlo todo por la otra persona, sino acompañarla sin borrar quién es. No debemos olvidar que la persona cuidada sigue siendo la protagonista de su propia vida. En este momento, con ayuda.

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