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¿Cuáles son los principales signos vitales?


La presión arterial, la respiración, el pulso y la temperatura son los principales signos vitales que reflejan las funciones corporales básicas, claves para la vida. Por eso, es importante identificar alteraciones en sus valores, ya que podrían estar indicando enfermedades u otros problemas en la salud de la persona que cuidamos. De ahí la importancia de realizar estas mediciones con regularidad y de la manera más precisa posible, sobre todo, en caso de emergencia médica.

¿Cuáles son los pasos para tomar los signos vitales?


A la hora de medir los diferentes signos vitales en una persona mayor, debemos tener en cuenta las siguientes indicaciones:

1. El pulso. ¿Cómo tomar el pulso y cuánto es lo normal?

El pulso es la manera en que se expande rítmicamente una arteria cuando pasa por ella la sangre que bombea el corazón, por lo que nos permite controlar el ritmo o frecuencia con que este late. Lo mediremos con la ayuda de un cronómetro o de un reloj con segundero, tomando el pulso durante un minuto en alguno de los siguientes puntos del cuerpo:

  • En el cuello -pulso carotideo-. La arteria carótida se encuentra en el cuello, a cada lado de la tráquea. Para localizarla y llevar a cabo la medición, tenemos que seguir los siguientes pasos: 
    • Localizar la nuez de Adán.
    • Palpar la arteria con los dedos índice, medio y anular. No usaremos nunca el dedo pulgar, ya que tiene pulso propio. 
    • Deslizar los dedos hacia uno de los dos lados de la tráquea.
    • Presionar ligeramente para sentir el pulso. No presionar en exceso, ya que esto podría impedir una adecuada percepción.
    • Contar el número de pulsaciones que percibimos en la arteria a lo largo de sesenta segundos.
  • En la muñeca -pulso radial-. En este caso, debemos:
    • Colocar los dedos -índice, medio y anular- en la arteria radial, que está localizada en la muñeca, justo bajo la base del pulgar.
    • Ejercer una ligera presión sobre ella.
    • Contar el número de pulsaciones por minuto.


Cada vez que tomemos el pulso a la persona que cuidamos, apuntaremos el resultado en un cuaderno para controlar posibles cambios.

En adultos, la frecuencia cardíaca normal en reposo varía entre sesenta y cien latidos por minuto, también en los mayores, pero existen factores que pueden modificarla, como la fiebre, el estrés o la actividad física. Por otra parte, aunque la edad no altera los anteriores valores, sí puede ocurrir que la frecuencia cardiaca máxima durante el ejercicio descienda al envejecer.

2. La respiración: ¿Cuál es el valor normal de la frecuencia respiratoria?

Este signo vital se refiere a la frecuencia respiratoria o número de respiraciones por minuto, que controlaremos también con la ayuda de un cronómetro o reloj con segundero, contando las veces que eleva el pecho o el abdomen nuestro familiar. Este debe estar en reposo, sentado o acostado, y ha de evitar la actividad física previa, puesto que el ejercicio puede acelerar la frecuencia respiratoria.

Un valor considerado normal en adultos oscila de las doce a las veinte respiraciones por minuto.

3. La presión arterial. ¿Qué es la presión arterial y cuánto es lo normal?

La presión o tensión arterial se refiere a la presión que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias. Es importante controlarla porque una presión excesivamente elevada comporta riesgos como problemas cardiacos o cerebrales que pueden llegar a ser muy graves, como infartos o hemorragias. Por el contrario, una tensión muy baja puede implicar mareos, visión borrosa, debilidad, confusión, náuseas y desmayos.

Para medir la tensión, necesitaremos un tensiómetro. Hay dispositivos automáticos sencillos que pueden adquirirse para su uso en el hogar, y también hay farmacias que ofrecen servicios de control periódico de la tensión.

Por regla general, se obtienen dos números de estas lecturas, un valor máximo y uno mínimo. Para interpretar los resultados, debemos saber que:

  • Valores en torno a los 120/80 mmHG son considerados normales.
  • Valores de 140/90 mmHG se consideran hipertensión en personas adultas, un problema de salud que se vuelve más frecuente con la edad y al que, por tanto, hemos de prestar especial atención.
  • Una elevación grave y repentina de la presión arterial por encima de 180/110-120 mmHg, es una urgencia y requiere atención médica lo antes posible,
  • En general, la presión arterial baja se considera cuando los valores son menores a 90/60 mm Hg.


De nuevo, es importante recordar que la presión arterial tiende a elevarse a partir de los 60 años, porque las arterias van perdiendo su elasticidad, por lo que los valores medios en edades avanzadas pueden situarse en 140/90 mmHg. No obstante, si tenemos dudas sobre si los valores que detectamos en nuestro familiar son los adecuados, podemos consultar con su médico o farmacéutico.

4. Temperatura. ¿Cuándo se considera que un anciano tiene fiebre?

La fiebre es un mecanismo de defensa con el que el organismo reacciona y se defiende ante el ataque de los virus y bacterias: dado que estos proliferan a temperaturas en torno a los 37º C, nuestro “termostato” aumenta la temperatura corporal para intentar destruirlos.

Como vemos, una temperatura alta puede ser señal de infección u otra enfermedad, por lo que también se trata de otro signo vital que debemos controlar. Para ello, la mediremos con un termómetro electrónico o de vidrio (teniendo precaución por la posibilidad de rotura), que colocaremos bajo la axila de nuestro familiar, asegurándonos de que lo mantiene presionado contra el cuerpo. Cuando el dispositivo, si es electrónico, pite, o hayan transcurrido cinco minutos, leeremos y registraremos el valor resultante. 

En general, el límite considerado normal para la temperatura corporal es hasta 37ºC medidos en la región axilar. A partir de ese valor, se habla de fiebre, y ante fiebre alta en personas mayores, es conveniente consultar al médico. No obstante, hay que saber que las personas mayores no acostumbran a presentar temperaturas elevadas, incluso si están enfermas, ya que, con la edad, la capacidad del organismo para termoregularse puede verse mermada. Por ello, la ausencia de fiebre no descarta necesariamente una infección.

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