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Cuando hablamos de domótica y de Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) aplicados a los cuidados, nos referimos al uso de tecnologías conectadas que permiten mejorar la seguridad, la autonomía y el bienestar de las personas, especialmente de aquellas que necesitan apoyos en su día a día.

Aunque en los últimos años ambos conceptos se han ido solapando, la domótica integra sistemas automatizados en el hogar, como la iluminación, la climatización o el control de accesos, mientras que el IoT conecta dispositivos y sensores capaces de recoger información útil y analizarla para diferentes usos. En el ámbito de los cuidados, estas tecnologías se convierten en herramientas que ayudan a anticipar riesgos, facilitar la vida cotidiana y apoyar tanto a las personas cuidadas como a quienes cuidan.



Vivimos en una sociedad cada vez más envejecida, con un aumento de las enfermedades crónicas y de las situaciones de dependencia. A ello se suma que las personas desean envejecer en su propio hogar, manteniendo su independencia el mayor tiempo posible.

En este contexto, la tecnología no es un lujo, sino una respuesta necesaria para complementar los cuidados tradicionales y, cuando se utiliza con sentido puede ser una gran aliada para mejorar la calidad de vida y prevenir situaciones de vulnerabilidad.



La domótica permite adaptar el hogar a las necesidades reales de cada persona. Algunos ejemplos muy concretos son la iluminación automática que se activa al detectar movimiento, reduciendo el riesgo de caídas nocturnas o el control inteligente de electrodomésticos, evitando olvidos o situaciones peligrosas. También podríamos incluir los sistemas de apertura y cierre de puertas más accesibles para personas con movilidad reducida y los sensores ambientales que detectan humo, gas o inundaciones. Estas soluciones no sustituyen el cuidado humano, pero sí crean entornos más seguros y accesibles, donde la persona puede desenvolverse con mayor tranquilidad.



La tecnología IoT permite recoger información en tiempo real mediante dispositivos conectados, como sensores de movimiento, detectores de actividad o sistemas de monitorización. Estas soluciones facilitan el análisis de patrones y la detección de cambios en las rutinas diarias que pueden alertar de un posible problema de salud.

De forma complementaria, y en un ámbito distinto y específicamente regulado, existen los servicios de teleasistencia, que incorporan dispositivos como pulsadores de emergencia y sistemas de atención que permiten enviar avisos automáticos ante caídas o situaciones de riesgo, así como facilitar el seguimiento remoto, evitando desplazamientos innecesarios.

Este tipo de soluciones no solo mejora la atención, sino que aporta algo fundamental: tranquilidad tanto a las personas usuarias como a sus familias.



Hemos comprobado a lo largo de diferentes proyectos que poder controlar el entorno, recibir apoyos discretos o contar con sistemas que actúan solo cuando es necesario refuerza la sensación de control y dignidad.



La tecnología bien diseñada no invade ni infantiliza, sino que acompaña. Permite que la persona siga tomando decisiones y viviendo de forma activa, sabiendo que hay una red de apoyo disponible si la necesita.

El cuidado no solo impacta en quien lo recibe, sino también en quien lo proporciona. Muchas personas cuidadoras experimentan sobrecarga física y emocional, especialmente cuando están solas o no cuentan con apoyos suficientes.

Las soluciones tecnológicas pueden ayudar a reducir la necesidad de vigilancia constante, permitir recibir información relevante sin estar presente físicamente y anticipar situaciones de riesgo antes de que se conviertan en emergencias.

Esto no solo mejora la organización del cuidado, sino que también contribuye al bienestar emocional de las personas cuidadoras, algo fundamental para que el cuidado sea sostenible en el tiempo.



A pesar de sus beneficios, todavía existen barreras importantes, como la brecha digital, el miedo a la tecnología y a la posible pérdida de intimidad, y la falta de información clara y accesible. A ello se suma la necesidad de adaptar las soluciones a cada contexto personal y social y, en muchos casos, la falta de inversión pública suficiente para facilitar su implantación y el acceso en igualdad de condiciones.

Superar estas barreras requiere un enfoque humano, cercano y constante, donde la tecnología se introduzca de forma progresiva, como un apoyo al cuidado y a la autonomía, y no como una imposición.



La tecnología debe ser una aliada del cuidado, nunca un sustituto del contacto humano. Su papel es apoyar, prevenir y facilitar, pero siempre desde una mirada ética y social.

Creemos firmemente que el futuro de los cuidados pasa por combinar innovación tecnológica con valores como la cercanía, la solidaridad y el respeto a la autonomía personal. Solo así conseguiremos sistemas de cuidado más humanos, sostenibles y centrados en las personas.


Iniciativa de Cruz Roja y TECSOS en este ámbito

Desde hace años, Cruz Roja y TECSOS trabajan en el desarrollo y la implantación de tecnologías con impacto social, siempre poniendo a la persona en el centro. 

En este sentido lanzaron hace casi 10 años el proyecto Orientatech, que busca acercar la tecnología a la ciudadanía, especialmente a personas mayores, cuidadoras y colectivos en situación de vulnerabilidad. Su objetivo es orientar, asesorar y ayudar a tomar decisiones informadas sobre qué soluciones tecnológicas pueden ser útiles en cada caso. La plataforma se puede consultar de forma gratuita a través de la web orientatech.es, donde es posible encontrar información orientada a mejorar la seguridad en el hogar, apoyar el cuidado diario, favorecer la accesibilidad, la autonomía personal y facilitar el acompañamiento y la supervisión en el entorno doméstico.


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