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En la imagen, vemos a un  hombre anciano sentado en un banco en la calle y, a su lado, a una mujer más joven que podría ser su hija, y que se apoya con cariño en él mientras le coge la mano. Ambos sonríen y transmiten una profunda conexión y ternura.

Gestión emocional cuando el cuidado llega de forma progresiva

Autora: Dra. Rebeca Cáceres

psicóloga clínica y psicoterapeuta


En muchos casos, cuidar no empieza con una emergencia ni con una decisión consciente. Empieza porque un familiar va perdiendo autonomía, porque necesita más apoyo o porque aparece una enfermedad que avanza despacio. No hay una conversación clara, ni una fecha marcada en el calendario. Simplemente, un día acompañas a tu madre al médico “porque le viene bien”, otro te encargas de una gestión que antes hacía sola, y más adelante empiezas a estar pendiente de si ha tomado la medicación o de adaptar tus horarios a los suyos. 

Como no hay un “antes y después” evidente, es fácil que el proceso pase desapercibido. El cuidado se ha ido instalando poco a poco en tu vida, sin pedir permiso y sin anunciarse. Las tareas se van sumando. Te adaptas. 

Aunque el cuidado haya llegado despacio, la carga emocional y física se acumula. Y muchas veces no somos conscientes de cuánto estamos sosteniendo hasta que el cuerpo o el ánimo empiezan a pedir una pausa. Pero al mismo tiempo, precisamente porque es un cuidado que llega poco a poco, permite a veces adaptarse, aprender, encontrar maneras propias de estar ahí. Cuidar puede ser valioso y, al mismo tiempo, exigente.



Reconocer la carga acumulada
No tener claro cuándo empezó el cuidado no lo hace menos exigente. Al contrario. El esfuerzo sostenido en el tiempo, ese estar pendiente constante, desgasta. Puede generar cansancio acumulado, sensación de no desconectar nunca o incluso culpa por sentir agotamiento cuando “no ha pasado nada grave”.

Es importante tener en cuenta que lo que te pasa es normal. Es normal que te sientas así. El cuidado que se va instalando en tu vida poco a poco pesa, aunque no haya habido un momento concreto que lo desencadene.

Reconocer con las palabras exactas lo que te pasa contribuye a entenderte mejor y a darte cuenta de que llevas tiempo adaptándote, sosteniendo, acompañando. Tener conciencia de qué pasa y reconocerlo facilita el poder hacer cosas diferentes para mejorar nuestro estado anímico y nos ayuda a cuidarnos. Algunas ideas prácticas que puedes hacer en tu día a día para mejorar son: 

  • Revisar cómo han cambiado tus rutinas. Quizás puedas hacer pequeños ajustes en horarios y tareas o marcar prioridades. Esto puede marcar una gran diferencia. A veces no se trata de hacer grandes cambios, sino de reorganizar lo cotidiano para que sea más llevadero.
  • Compartir tareas cuando sea posible. Aunque hayas asumido el cuidado de forma natural, no significa que tengas que hacerlo todo tú. Pedir colaboración, delegar o repartir tareas no es una renuncia, es una forma de sostener el proceso a largo plazo, porque puede aportarte descanso y equilibrio.
  • Observa tus propios límites, sin culpa. Cuidar durante años requiere energía. Reconocer cuándo necesitas apoyo o un respiro no es fallar ni ser débil. Todo lo contrario. Es asumir con responsabilidad el cuidado teniendo claro que el cuidado de un familiar es un proceso a largo plazo y que es vital sostenerlo de manera saludable. 

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